El cielo se decolora,

parece ser la rotación

de una acuarela,

mezclando el agua con orujo

y los pájaros con policías,

sin ningún fruto envolvente

que me refugie en el templo

sagrado de una roca…

Terminaré de enloquecer

cuando viva la metáfora,

la sensación, el amor y la idea:

tragedias perdurables

como trabajar un poema…

Yo,

ruleta,

consecuencia,

paréntesis

y carne,

escribo con la misma piedad

que se merece un cadáver…

Soy el sujeto

y la cadencia,

atrás queda mi abuela,

mutando como las diosas,

cancelando la forma,

expandiendo los desiertos,

acompañándome en la cueva…

Ver la materia,

la materia que no brilla,

gobernar las montañas,

las vísceras del mar,

la delicada sien del tiempo…

Debo madurar

y transformar las ausencias,

como la lengua creciente

de una orquídea,

transformando el sabor de la carne…

Creo que puedo vivir solo,

en el suburbio de las palabras,

entre palabras muy serias,

atrapado en el poema que no existe,

como no existe el miedo que siento,

caminando libre por la calle…

Cuando niño quería ser grande,

mentía impunemente,

ahora estoy frente al espejo,

sentado en un excusado,

escribiéndole a quienes todavía

separan lo bueno de lo malo…

Si pierdo,

enfermo,

o muero en vano,

sigue los puntos suspensivos

y escribe con mayúsculas soldado…

Palabras regalando palabras,

voces que son mis años,

figuras que en las manos

llevan boca y en la boca

la lírica de una mujer…