Hace algunos años en la universidad, tuve la tarea de analizar la vida y la obra de un artista en un par de semanas. Inmediatamente, me pareció impensable cumplir con la tarea por razones de tiempo, a menos que “fusilara” varias biografías en google y presentara el trabajo mediocremente. De repente, pensé en inventarme un artista y relatar mi obra, mis rupturas y mi vida, sin que nadie lo descubriera. En ese momento nació Saulo Batista, el seudónimo o nombre artístico de Jorge Garcés Borrero.

Este libro es el resultado de una ingrata selección de tres años de trabajo y de escudriñar en aproximadamente cuatrocientos poemas. Fidel Castro piensa que a los líderes los crea la necesidad y considero que a los poetas también. La única diferencia radica en que los líderes políticos se destacan por su carisma o populismo en palabras académicas y los poetas se destacan por sus carencias. Algunos manifiestan que los poemas son hijos del autor, pero yo prefiero considerarlos nietos, donde la malacrianza se sitúa por encima de la disciplina, porque cada uno, cada vez, está más cerca del abismo vocacional. Tampoco estoy de acuerdo con la afirmación “la poesía es una de las mayores responsabilidades”; todo lo contrario, la poesía es una irresponsabilidad total, es malagradecida, aburre a las familias, los amigos no la entienden, las editoriales no la publican, los escritores dudan de su existencia y los hermanos mayores se preocupan, porque económicamente es inútil y disfuncional.

Pero mi creación no intenta competir con Dios, mi recreación no intenta competir con Rimbaud o cambiar la vida, como lo manifestó alguna vez Nietzsche, y si el surrealismo llegase a existir en mi obra, no es más que el moderno realismo del sur. Pero debo admitir que en toda mi producción existe un intento por reconciliar a una vieja amistad, hace tiempo separada y que inquieta a algunos críticos: la filosofía. El poeta norteamericano Stevens Wallace no solamente rompió con el decadente estereotipo del poeta, porque era abogado de compañías de seguros en el día y poeta en las noches, sino que su poesía es un tributo a la unión entre la razón y las emociones, donde la realidad es representada gracias a la imaginación del poeta.

Giovanni Quessep dice: “No digas nada, escucha a las estrellas”… Y yo no intento hacer nada distinto, porque a partir de la cotidianidad se nutren en gran parte mis poemas, y para hacer honestas lecturas de mis particularidades históricas recurro sin temores paradigmáticos a la filosofía. No es posible separar a la poesía de la filosofía o incluso de otras disciplinas, no es posible separar la vida de la obra del autor y no es posible que sigamos separando a la cultura de la naturaleza. Semejante error es como separar a dos hermanos u olvidar el referente del primer amor. De la misma manera, necesito del psicoanálisis para conocerme y plasmar las vivencias que me exigen escribir, porque no sé expresarme de otro modo.

Una vez un escritor confesó que si se hubiera hecho un psicoanálisis, probablemente no hubiera sido un escritor. Sin entrar en el campo de las especulaciones o en los inevitables juicios de valor, los ocho años de psicoanálisis que llevo dentro me han ayudado a despertar la dictadura del alma, es decir, a mí me pasó lo contrario.

Con estas dos invaluables herramientas (la filosofía y el psico-análisis) encuentro lo que denomino el arte por el miedo. El miedo es mi razón de crear y mis necesidades artísticas son puramente emocionales. Sin calificativos teológicos, honestamente creo lo que me da la gana…

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Un poeta debe ser ante todo honesto con él mismo, como una llama escupiendo caliente. Ninguna de sus emociones debe faltar en la batalla creativa, porque todas son herramientas válidas antes del último auxilio.

Mientras tanto, el mundo artístico ya reconoce su realidad: la influencia dejó de ser un delito, porque es inevitable en cualquier campo de acción en el que se desarrollen el hombre y la mujer. No podemos olvidar que existimos hace aproximadamente seis millones de años, sin que esto signifique que todo está dicho o hecho.

Revisando el Estado del Arte no me queda la menor duda: ¡El siglo XXI será otro Siglo de Oro! Por lo tanto, paradigmas históricos tales como competir con el otro (a), ser el primero (a) o ser el mejor, entre otros, desaparecen en los derroteros poéticos postmodernos, y se afianza la intención de comenzar a reacomodar nuestra manera de crear, es decir, nuestra oportunidad de participar en la existencia.

Lo he dicho muchas veces: el conocimiento no libera, y sé que labro un destino nada envidiable, porque la construcción de la pieza literaria no puede continuar cayendo en la impunidad estética o en las manos inútiles de los burgueses.

Desde hoy la construcción de la pieza literaria debe someterse a la praxis. Es decir, la experiencia vivida desde la cotidianidad debe transformar creativamente la convivencia entre la naturaleza, la sociedad y, en este caso, el poeta que intenta recuperar el sentido de su vida.

Debo admitir que aún estoy lejos de alcanzar la madurez poética, pero la búsqueda es dinámica e inquieta. El camino que he escogido ya va dando sus propias luces, porque propongo en cada poema declamar menos y conversar más. Aclaro que mi obra no es una emulación socialista, simplemente la sublevación experimenta otra manera de concebir el arte final. Resucito cuando los hombres se enredan es sólo una diminuta partícula en el vacío poético de la polis, que interactúa con los fenómenos del mundo…

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Llevo escribiendo desde que perdí la espontaneidad para hablar y soy poeta desde que le temo a la muerte. Creo que escribir es una relación de afecto, tan simple como la traición o tan compleja como los traidores. La escritura es una mujer y trato de enamorarla con mis aciertos y torpezas, hasta el punto que ya no me importan los derechos de autor, me importan más los derechos de ustedes los lectores.

Pero debo aceptar que aunque la poesía es un acto comunicativo, a veces no logro comunicarme, porque hago parte de una generación impactada por los agujeros negros de las nuevas tecnologías, responsables por la ausencia de referentes, dejándome solo con el galardón y los títulos de la tragedia más ignorada; porque por un lado está la desbordada soledad y por el otro lado, la necesidad de entablar una relación imposible con los lectores.

El trabajo de la pieza literaria es un ejercicio de simple nulidad, porque el poeta es un universo desconocido y gracias a la razón el poeta se convierte en un rival, en este caso, rechazando lo que más ama, compartir apartes desentendidos de su particularidad. Pero el referente soy yo y por eso todas las biografías están autorizadas.

Seguramente cometeré delitos con el lenguaje, hasta ser un viejo sin letras. ¡Pero escúchenme bien, maestros de la sospecha! La vida no es una placenta, pero tengo un fuego primario en la boca. He aprendido con el tiempo a escuchar el silencio de los menguantes y no me detendrá la crítica, el reconocimiento, la negación y mucho menos los aplausos de la muerte. La cadencia situacional de la lógica, es la única debilidad que impera en la realidad pero que fallece en la poética.

La academia, con toda la razón, me pide hilos conductores que lamentablemente soy incapaz de realizar. Mis poemas son vivencias y viven bajo el fundamento de la oportunidad de existir. Me rehúso a ser un prisionero, esperando los avales de quien sabe quién.

No soy partidario de hacer lanzamientos de libros, porque los libros se lanzan lentamente, de acuerdo a la vigencia histórica de la obra. Todavía no tengo amigos poetas o hago parte de alguna mafia mamerta, dueña de los cursos, de los prólogos vanidosos y de sus propios poemas.

Publicaré y publicaré, a pesar de las comparaciones odiosas que aún creen que debo pulir, refinar, educar, corregir, revisar y perfeccionar mis poemas, porque pareciera que también creen que se debe peinar y desenredar la melena de un león. “Por medio del trabajo refinado de la palabra se desdibuja el rostro de un recuerdo, la desventura de un te quiero en la boca del blasfemo”. Octavio Paz

Al libro hay que desmitificarlo y a los escritores también. Un poeta tiene el derecho a equivocarse y a idealizar como los niños, porque esa es la manera más natural de enfrentarse a la realidad. Es decir, los comunicadores y por lo tanto los poetas, somos cazadores de mitos, como lo promulgaba Germán Colmenares y mi poesía sacrifica la estética del lenguaje por las contorsiones del contenido. Por ejemplo, nunca hablo de lo mismo, sino de la extrañeza de lo mismo y asumo mi destino equivocado sin temor alguno.

No sé si mis poemas sean para poetas o para las multitudes que enarbolan la ficción, porque entiendo que la turbera de mi obra no desea la palabra, sino el verso final capaz de tentar a la muerte. ¡Porque la muerte también es una mujer! Y recuerdo a la poeta Alejandra Pizarnik, extasiada por el poder de la palabra, reviviéndola después de cada sacrificio.

Mis poemas carecen de movimiento pero jamás de libertad y subvierten el orden por medio de asociaciones que considero tienen sentido. Cada idea es un alfabeto y descuido la palabra que otros piensan que amenaza, condena o asesina al autor. “El poeta es un pequeño Dios”, pensaba Huidobro y “participa en lo absoluto”, recordaba Octavio Paz.

Me defiendo, porque nadie ha criticado mi obra y Pessoa me enseñó que uno revela su yo fingiendo ser otros. La crítica espera que cada cincuenta años nazca un poeta mayor, como todavía los judíos esperan su mesías.

Finalmente, mi intención tampoco es la de ordenar el caos, porque prefiero congelarlo y ser puro morbo, lentamente alejándose de la tierra. No soy útil para la sociedad, la sociedad es útil para mí y eso me convierte en “Un Pequeño Dios”… “Participando en lo absoluto”…

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Sigo sintiendo la misma sed por escribirle a un ojo de vidrio, a una oreja rota o a unas manos de piedra. Y trataré de seguir siendo prolífico hasta que me venza el sueño por la mañana o el vacío de la noche se convierta en la mejor mitad. Pero “cada vez es más difícil escribir” (Gabo), porque la poesía es un suicidio estético, aunque en mi caso particular, trae consigo más razones que esperanza o más razones para la esperanza apologética de la creación.

 

En todo caso, gracias a la poesía entiendo en algo a las historias que dieron origen a la epistemología moderna y por medio de la conceptualización poética libero animales bien lejos del hombre que debo ser yo. Mientras tanto, espero a que nuevos poetas nazcan todos los días, porque eso es lo que convierte a la vocación literaria en una conmovedora sala de espera, donde cada individuo es consciente de los demás.

 

Sin embargo, el poeta debe saber enfrentar al destino, “a esa realidad que no es verbal” (Borges) y luego presenciar lo que son capaces de formar las palabras. Un fenómeno que se da desde mucho antes que el hombre comenzara a confundir al arte con las ideas. Cicerón decía: “lo que ellos llaman paradoxa, yo lo llamo maravilla”. Por lo tanto, que la estética siga afuera estudiando los problemas del arte y nosotros bajo los escombros, entre la tierra y el agua salada.

 

Dicen que el fin es el comienzo del vocablo que perdura, donde ningún objeto reemplaza al engaño y donde, por ejemplo, el poeta le pide a la mar una concha y ella le trae una cueva. No por esto se debe confundir a la poesía con la rebelión de las palabras, porque en la inconsciencia de la lengua está la moral del ser humano construyendo rechazos, ya sea mediante las propiedades del habla y los agentes del diálogo o en un esfuerzo de la sinrazón ante tanta desgracia.

 

Por eso la metáfora, la parábola y la cita son las encargadas de detectar dónde se esconde el autor, aunque la otra poética dude sobre si la experiencia y la historia del poeta se manifiesta en los restos del simbolismo, en los signos o en la simple y llana duda de la imaginación.

 

Además, al desmentir valores e inventar lugares escucho al miedo cuando me escucho y tanta arrogancia debe ser castigada. “Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco” y luego le llueven todas las obscenidades de la antigüedad. Y no me conozco mal, colecciono las tristezas y mi afán por lo inútil, la nada y las letras son un tributo al trabajo que no se comercia.

 

“Me muero” es una de las frases solemnes que tiene la vida, porque todo y nada muere si la realidad no cambia o si las realidades dejan de ser cambiantes. Me refiero a que “la sumatoria de todos los conceptos de eso que llamamos mundo” (Cernuda), permitan algún día cambiar la existencia, reformando el lenguaje. No estoy diciendo nada nuevo, la poesía debe seguir siendo cómplice y solidaria, “del hombre para el hombre”, del poeta para quien no es poeta, hasta que cada palabra encuentre su lugar, estableciendo una vida paralela con los sujetos de sus actos…