Escribir y cortejar,

entre adueñarse y el rechazo

pero las orugas se vuelven mariposas

y Gregorio Samsa en cucaracha,

criaturas que son fragmentos

de otro amo…

Piel,

polvo inculto de la tierra,

pellejo reseco de la discordia,

la frontera soberana

del penúltimo poema.

Piel,

más allá de la frontera,

el amor inventa otra receta,

besa nubarrones

y cincela a la taciturna

ubicuidad del cielo…

Soy la palabra,

la reducción de los dioses,

puro en errores y vicios,

amado por la materia,

lo perecedero y cobarde…

Todo lo vuelves patria,

el llanto fatigado de una mujer,

el contrabando de un pedazo de tela,

una plaqueta para ser esclavos

y universales después…

Te he visto empezar desde abajo,

abriendo paso entre fábulas

y rumbos abstractos,

saltando con tus cuatro patas

llenas de suerte y tan dulce

como las mieles de Grecia…

Vergüenza,

miedo,

culpa,

dolor

y engaño,

luego masticaré los

chakras de un rumiante…

El cielo se decolora,

parece ser la rotación

de una acuarela,

mezclando el agua con orujo

y los pájaros con policías,

sin ningún fruto envolvente

que me refugie en el templo

sagrado de una roca…

Terminaré de enloquecer

cuando viva la metáfora,

la sensación, el amor y la idea:

tragedias perdurables

como trabajar un poema…

Yo,

ruleta,

consecuencia,

paréntesis

y carne,

escribo con la misma piedad

que se merece un cadáver…

Soy el sujeto

y la cadencia,

atrás queda mi abuela,

mutando como las diosas,

cancelando la forma,

expandiendo los desiertos,

acompañándome en la cueva…